
El mundo del mito, permite redoblar la apuesta filosófica, uno es un poco Dios muriendo cada vez que distanciado de un universo distinto a la realidad pero anclado a ella se intenta decir o hacer algo. Siempre que se cuenta una historia, el lugar del escritor es aquel rincón húmedo y etéreo que intuimos existente en las escenas de nuestras vidas. Ese rincón al que nos lanzamos desesperados si el sentido cae, o que ansiamos melancólicamente como el ombligo de nuestro sueño si la vida pierde brillo. Las historias mundanas son mas dramáticas que los cuentos fantásticos. En los cuentos fantásticos uno no esta tan seguro que el lugar del escritor sea deseado. Sus protagonistas son tan absolutos, tan dueños de un espacio que desconocemos, que la escena se invierte. El escritor como aprendiz, sale de su rincón anhelado para adentrarse en una topologia única que activa a sus personajes y los entrelaza en un eterno deslizamiento de figuras bellas. Figuras literarias, escenas activas, choque constante de una bondad moral intachable y de una maldad crónica e incurable. La luz y el resplandor de los arquetipos absolutos imponen una energía capaz de dominar un mundo. Es un simple paseo, un recorrido tenue cuando del mito se dice una leyenda.
Yggdrasil corresponde a un mundo, un árbol primigenio perteneciente a la mitología nórdica, de Odin y Thor. Una representación de universo, de totalidad limitada y actuante, donde solo se la puede rozar, si se imagina uno andando por ahí
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